Durante mis estudios de diseño gráfico escuché decir que el peor sitio para buscar inspiración eran las revistas de diseño. La frase provenía de un profesor que, un tanto a vueltas de todo, trataba de advertir sobre lo fácil que es confundir las bases de un oficio con las modas de una época concreta.
Motivado por aquella sentencia, en la que intuí la sabiduría sencilla de un artesano, comencé a sentir rechazo por publicaciones especializadas, y caí en la trampa de meter en el mismo saco las publicaciones sobre tendencias y cualquier manual didáctico o guía metodológica. Y ya no solo de diseño, sino de cualquier campo de mi interés, como es el caso de la escritura.
Por suerte, y gracias a personas amigas con las que comparto vocaciones, he ido entrando (un poco) en razón y recopilando algunos libros sobre el arte de narrar que, salvo contadas decepciones, están siendo de gran ayuda para afinar mi técnica y motivarme a reflexionar sobre el acto de escribir.
Uno de los manuales que he estado esquivando durante años es El viaje del escritor, de Christopher Vogler. ¿El motivo? Me producía antipatía saber que ha sido lectura de cabecera para muchos guionistas de Hollywood, y que se apropiara, en cierto modo, del colosal trabajo de Joseph Campbell alrededor del monomito, el consabido viaje del héroe, elemento nuclear en cualquier narrativa humana.
Pues bien, al final, dejando a un lado mis prejuicios, decidí leerlo, y faltaría a la verdad si dijera que no ha sido un viaje satisfactorio. Es cierto que Vogler se apoya en hombros de gigantes, y que sus ejemplos ponen gran parte del foco en la narrativa occidental más hollywoodiense, pero eso no desacredita el trabajo de análisis y los conceptos expuestos.
Tirando de Campbell
Respecto al uso del viaje del héroe y de los arquetipos narrativos analizados por Josep Campbell en varias de sus publicaciones, en efecto, estas son parte del corpus del Viaje del escritor, pero Vogler ha hecho un gran trabajo de concreción y reorientación práctica hacia la narrativa sobre los conceptos que Campbell brindó desde una perspectiva antropológica, más universal.
También me alivió saber, porque así se explica en varios pasajes, que Vogler tuvo contacto directo con Campbell, y que la relación entre ambos se asemejó a la que mantendría un alumno con su mentor. Y si Campbell no tuvo problema con ello, ¿porqué debería tenerlo yo?
Habiendo leído El héroe de las mil caras de Campbell antes que el manual de Vogler, mi consejo es comenzar con El viaje del escritor, si buscas una aplicación directa del monomito a la narrativa. Me parece un proceso más lógico, agradable y orgánico. Vogler ofrece una traslación de cada etapa del viaje del héroe a la creación de historias, y siempre estaremos a tiempo de recurrir a la obra antropológica de Campbell si deseamos profundizar sobre ciertos aspectos míticos o sobre el origen de las ideas planteadas.
Arquetipos y ejemplos
Los arquetipos ocupan un lugar importante en el tramo inicial de El viaje del escritor, donde realmente se sienten como elementos narrativos imprescindibles en la creación de personajes. Sin embargo, su exposición me resulta un tanto deslavazada, como si no se les diera a todos la misma entidad. Se agradecen los ejemplos, no solo en los arquetipos, sino durante todo el libro, aunque la orientación de Vogler hacia el cine de masas norteamericano lastra un poco su profundidad.
El libro incluye análisis muy completos de cuatro películas, Titanic, El rey león, Pulp Fiction y Full Monty, donde se trata de predicar con el ejemplo y delimitar arquetipos y etapas del viaje del héroe. Sin querer restar mérito a esta parte del trabajo, tuve la sensación de estar contemplando algún tipo de ingeniería inversa en la que Vogler trata de etiquetar elementos dentro de los esquemas facilitados por el libro, pero sin conseguir una expresión muy armónica. Volveré a ello en la conclusión.
Anexos reveladores
Mientras que en la exposición del modelo de las etapas del viaje y los arquetipos veo algunos puntos cuestionables (pese al enorme mérito del trabajo ordenado y exhaustivo), los apéndices me resultan imprescindibles. Para mí, es precisamente aquí cuando el libro cobra sentido, pues es donde Vogler pasa a la acción y entra en matices. Mientras que en la primera parte se muestra un tanto canónico, en los apéndices se abre a diversas interpretaciones, lo que demuestra que el valor de su propuesta está en ofrecer un marco de interpretación, no un método grabado en piedra. Así, y usando su misma terminología, los apéndices funcionan como una agradable antítesis a su propia tesis. Y aunque esto pueda parecer contraproducente para un libro que en ocasiones se vende como una biblia para el escritor, en realidad es lo que lo hace grande, pues lo convierte en una obra de análisis y reflexión profunda sobre el arte de crear historias. Eso lo aleja, a mi juicio, del manual metodológico que hay que seguir porque «así es como deben hacerse las cosas» para acercarlo más a un compañero de viaje con el que compartir debate, lo cual resulta, de lejos, mucho más interesante.
Conclusión
El viaje del escritor ofrece un prisma útil para analizar cualquier historia, pero resulta menos interesante como herramienta de creación que como medida de control. Eso se nota, como decía, cuando Vogler analiza en profundidad algunas películas como ejemplo, donde se hace evidente que las ordenadas etapas del viaje del héroe siempre se acaban desestructurando dentro de la supuesta precisión relojera de una historia. Esto, lejos de molestarme, me ha supuesto un alivio, porque, si bien es evidente que contamos con cimientos firmes, tras milenios de necesidades y exploraciones narrativas, es indiscutible que pueden disponerse de maneras tan dispares y caprichosas que sigue siendo imposible ofrecer una fórmula mágica e infalible para crear historias. El misterio y el impulso irracional sigue formando parte de la creación literaria, de nuestra capacidad salvaje para imaginar, dar forma y compartir historias.

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